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El Museo de Historia Mexicana invita a recorrer “Entre Acordes y Pinceladas: La música mexicana en imágenes pictóricas”, a través de la cual connotados pintores mexicanos muestran el papel fundamental de la música en la vida de los mexicanos durante el siglo XX, la muestra abrirá sus puertas el 19 de febrero.

La exposición cuenta con 120 piezas en diversas técnicas: dibujos, acuarelas, óleos, esculturas, grabados e instrumentos musicales, entrelazados a través de 10 núcleos temáticos, en donde participan artistas como: Diego Rivera, Raúl Anguiano, Fermín Revueltas, José Chávez Morado, Antonio Ruiz (El Corcito), Francisco Gotilla, Federico Cantú, Miguel Covarrubias, Alfonso X. Peña, Ángel Zárraga, Jorge González Camarena; Blumaro Guzmán, Rubén Herrera, Gabriel Fernández Ledesma y Roberto Montenegro, entre otros.

La muestra que permanecerá en el Museo de Historia Mexicana hasta el 1 de junio 2008, fue diseñada por el Museo Estudio Diego Rivera, bajo la curaduría de Beatriz Zamorano, investigadora del CENIDIAP; Estela Duarte, historiadora del Arte y Magdalena Zavala, directora del MEDR con la coordinación de Laura Pérez Durán.

La propuesta pretende sensibilizar y adentrar al lenguaje universal de la música a través de imágenes que muestran el pasado inmediato, inmerso en la cotidianidad, en el tradicionalismo, en la búsqueda de identidad, en lo recreativo, en lo que significa y representa la música de México durante el siglo XX.

El Museo de Historia Mexicana abre de martes a viernes de la 10:00 horas a las 19:00 horas, los sábados y domingos de las 10:00 horas a las 20:00 horas. El martes y domingo la entrada es gratuita Para más información puede llamar al 2033 9898 o visitar la página:

www.3museos.com

 
 
El jaguar recorrió con sus distintos significados y atributos conferidos por los pueblos mesoamericanos, todos los horizontes y periodos culturales de la historia prehispánica. Creador de la raza humana en su mítica unión sexual con la mujer en el mundo olmeca, presencia de sus rasgos físicos en las figuras antropomorfas en un claro carácter divino, múltiples representaciones en pintura mural y escultura en la concepción de las culturas del clásico, linaje, poder y fuerza, guerrero, referencia calendárica y asociación con el inframundo. El jaguar se vuelve entonces una criatura imprescindible para comprender la dinámica cultural de Mesoamérica.

 
 
A partir de la Revolución Mexicana la plástica y la música se transforman. En la pintura se abandonan los cánones extranjeros impuestos por la academia para una búsqueda más libre. En la música, los valses y la música afrancesada, las zarzuelas y las operetas dan paso al surgimiento profundo en dos grandes vertientes: la música nacionalista con exponentes como Manuel M. Ponce, José Pablo Moncayo, Carlos Blas Galindo, Silvestre Revueltas, Julián Carrillo, y la segunda gran vertiente, emanada del pueblo y con un alto contenido revolucionario como el corrido.

Parecería una contraposición, sin embargo ambas posturas responden igualmente a las preocupaciones que se ven reflejadas en la pintura mexicana: la búsqueda por la identidad nacional

Las artes se volvieron medios fundamentales para la consolidación de la nación. La “mexicanidad” preocupaba por igual a pintores, compositores o literatos y les permitió tener una mirada abierta a los sonidos de la naturaleza, al encuentro del paisaje, al rescate de las expresiones populares y de las más diversas comunidades.

El mundo artístico se sorprendía ante la belleza de Tehuantepec, ante la riqueza musical de sus danzas o ante la fuerza expresiva de la cerámica. Este mundo ritual que, sin ser observado hasta entonces, iba conformando a la nación. Se sentían que México era nuevamente descubierto en todas sus riquezas y a partir de ahí podría renacer como una nación sólida.

Es en este periodo que la música, el baile, los instrumentos y el universo musical, se convierten en un tema recurrente por los artistas plásticos. Este es caso de Roberto Montenegro con su visión de la bohemia o Diego Rivera en los bailes de Tehuantepeco o José Clemente Orozco al plasmar los sórdidos bailes de salón. La pintura igualmente continúa siendo un registro del desarrollo musical.

El surgimiento de la Orquesta Sinfónica Nacional con Carlos Chávez, con la ilustración de los músicos formales como los chelistas, o el arpa se vuelven elementos simbólicos en artistas como Francisco Gutiérrez o aquellos que recogen las tradicionales visiones angelicales como Federico Cantú. Este binomio se ve reflejado en elementos tan sencillos como las partituras musicales que a la vez se convirtieron en registros pictóricos de gran belleza.

Paralelamente a este recuento, obras como Señoritas al piano de Agustín Lazo o El flautista de Fernández Ledezma nos muestran la cotidianidad de la música dentro de las más diversas expresiones sociales

 
 
Una de las partes fundamentales de la música es la relación directa del hombre con el instrumento musical. En él, los elementos físicos como forma, textura hablan de una relación armoniosa. Las guitarras, las arpas los salterios o los violines muestran no sólo objetos de gran belleza sino universos personales de los músicos. Los instrumentos se convierten en objetos sagrados. Es una relación íntima donde la mano al roce de las cuerdas o la boca en las boquillas se vuelven la extensión de los sentimientos, también reflejan la paciencia y el conocimiento ancestral de sus creadores, la dulzura de las maderas, la fortaleza del cuero, la fineza de las cuerdas son elementos que testimonian el amor de las manos artesanales que la realizaron.

Esta relación mística está presente en la historia de la Patrona de los Músicos, Santa Cecilia, quien durante más de mil años ha sido una de las mártires más veneradas por los cristianos.

Las actas de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma, educada en el cristianismo, quien solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Pero su padre, la casó con un joven patricio llamado Valeriano. El día de la celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios, desde su corazón le pedía que la ayudase.

Cuando los esposos se retiraron a su habitación, Cecilia le dijo dulcemente a su esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”. Cecilia le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel”. Una vez bautizado, Valeriano fue a donde estaba Cecilia y un ángel colocó sobre la cabeza de ambos una guirnalda de rosas y lirios.

Al final de la Edad Media, empezó a representarse a la santa tocando el órgano y cantando. Los músicos la celebran todos los 22 de noviembre.

 
 
La representación del ballet clásico es casi inexistente en la pintura mexicana. Pocas obras muestran esta expresión, es por esto que las piezas de Ocaranza o el conjunto de bailarinas de Orozco son tan importantes como registros pictóricos- musicales. Es hasta los años cuarenta y con la labor artistas como Miguel Covarrubias que la danza clásica en nuestro país adquirirá una gran proyección.

Músicos nacionalistas como Revueltas y pintores como Diego Rivera o Carlos Mérida impulsarán activamente el proyecto de la Danza Nacional.

Sin embargo la estilización del baile está presente también en las ilustraciones de revistas. Artistas como Ernesto “El Chango” García Cabral en Revista de Revistas o Miguel Covarrubias para las portadas del Vogue plasman las tendencias de los grandes afiches del Art Decó. Las formas geométricas se conjugan al ritmo del Charleston, del Blues o de la música de cabaret. Esta tendencia tiene una gran tradición desde fines del siglo XIX con los afiches Art Noveau que revolucionaron la ilustración en el mundo. Con el advenimiento del modernismo y del Art Decó, las líneas se fueron simplificando: los motivos orgánicos fueron olvidados por formas geométricas de gran sensualidad y ritmo hasta convertirse en elementos distintivos de la publicidad de los años veinte y treinta a nivel mundial.

 
 
En contraposición al ballet clásico, el baile popular fue exaltado por los artistas mexicanos. Pintores como Ezequiel Negrete y Oswaldo Barra recogen una tradición que desde el siglo XIX se profesaba. Esta representación de lo popular no sólo responde únicamente a festividades de comunidad sino también a expresiones espontáneas. El baile de barrio incidental, festejos cotidianos y donde el lugar no era importante sino simplemente el pretexto de la celebración o fiesta.

Esta tradición de los bailes populares, de las escenas costumbristas adquiere otra dimensión con las Escuelas al Aire Libre. Para muchos artistas era como el encuentro con la vida misma y se convierte en cierto sentido en un registro sociológico de las clases sociales mexicanas. Pedro Rendón recogerá más el ambiente de la música de arrabal, del desencuentro de las clases sociales o de la excitación festiva de las pulquerías.

En estas pinturas es donde podemos reconocer el valor social de la música. La pintura misma se vuelve una narración completa de ambientes, vestimentas, tiempos y grupos sociales que se entremezclan en complejas relaciones.

 
 
La exaltación del charro mexicano responde también al surgimiento del cine nacional. El arquetipo del charro músico refleja la tradición del mariachi y de los grupos musicales de cuerdas. Estas imágenes ven la conformación del arquetipo del charro: el sombrero de ala ancha, el sarape de Saltillo, la vestimenta tradicional con la botonadura de plata que nos habla del mundo rural mexicano.

La música ranchera era el elemento de cohesión social de estos grupos. Las obras reflejan también la sencillez de la vestimenta de manta, los burdos instrumentos que refieren a escenas casi bucólicas con gran sensibilidad. Estas expresiones que surgen a partir de los cuarenta tienen su contraparte en la pantalla grande y muestran el conflicto o los elementos de tensión ante el enfrentamiento de la vida rural contra la “esperanza” urbana y por ende la defensa de los valores del campo como símbolo de la identidad.

En este sentido, la pintura adquiere un sentido melancólico de la música vernácula. En ella se recoge las más diversas tradiciones, los fandangos conviven con la jarana, o los huapangos con los corridos y los sones con los mariachis. Esta mezcla de expresiones musicales conforma testimonios iconográficos de una etapa de reorganización social del campo mexicano.

 
 
La vida urbana también traerá sus manifestaciones musicales. En ella los avances tecnológicos, la expansión de la radio generará grandes aportes musicales a México. La Música Romántica será el género dominante en las grandes ciudades. Las historias de abandono, amores imposibles o de mujeres perfectas, se convierten en idealizaciones casi míticas.

Así, la vida nocturna de la ciudad tiene como máximo exponente a Agustín Lara, él simbolizará sin duda una generación musical. El surgimiento de los boleros, de la música del corazón, encontrará en él la más pura de sus expresiones. Poseedor de una gran educación musical representará el símbolo del seductor inagotable. Su figura emblemática reflejará el fenómeno de los salones de baile, de los cabarets musicales, del Salón México y sus rumberas.

De Agustín Lara existen infinidad de historias incluyendo la de su lugar de nacimiento. Lo cierto es que es oriundo de Tlacotalpan, Veracruz. Su pulcritud al vestir, su cigarro característico, sus bolsos vacíos para no deformar su delgada figura, su eterno amor por las mujeres, sus espectaculares romances y su prolífica carrera como compositor son algunos elementos que cubren al mito de Agustín Lara y para muchos serán sus finas y delgadas manos tocando sobre el blanco teclado del piano el elemento más representativo de este símbolo musical.

 
 
El registro pictórico de las danzas tradicionales es inagotable. Sin embargo sobresalen Carlos Mérida, José Chávez Morado, Miguel Covarrubias y Fermín Revueltas como los máximos promotores del rescate de las danzas tradicionales mexicanas. Sus obras son exploraciones pormenorizadas de los usos y costumbres dentro de las danzas tradicionales. Danzas como la de Yautepec, las de los Viejitos, las del Venado, o la de los Chinelos son conocidas en parte por estas imágenes pictóricas.

Miguel Covarrubias y Carlos Mérida compartían una búsqueda antropológica del baile. Veían en las formas en movimiento siglos de tradición que debían conservarse. No era únicamente labor de la tradición oral sino del artista entender los valores simbólicos de estas danzas. Al mismo tiempo, fijaron los lineamientos de vestimenta y la memoria gráfica de los bailes, los ritmos y las armonías que estas danzas tienen.

Para Revueltas y Chávez Morado la representación de estas danzas tenían más una carga simbólica de tipo social. La comunidad como eje de expresión, en parte como reflejo de sus posturas políticas, y veían en las danzas tradicionales, las expresiones más puras del pueblo mexicano.

 
 
Octavio Paz afirmaba que “la muerte es un vano reflejo que articula las gesticulaciones de la vida”. En este sentido la muerte y la música para la tradición popular mexicana simboliza un binomio indisoluble. El carácter festivo de la muerte, su vinculación con la risa, la música y el baile serán recogidas por las tradiciones pictóricas mexicanas más arraigadas.

Es sin duda, José Guadalupe Posada el máximo representante de esta muerte catrina y bailadora que circunda el mundo de los vivos. Sin embargo también es importante recalcar la fortaleza pictórica de obras como las de Lola Cueto que también en su afán por documentar y rescatar el arte popular, reflejó la vida de la muerte mexicana.

 
 
A partir de los años sesenta, las preocupaciones plásticas se alejan de los valores nacionalistas. La visión del artista adquiere un sentido más universal y la música deja de ser representada por sus valores sociales y antropológicos. También en la creación musical se abandona los ideales nacionalistas.

Sin embargo la pintura adquiere una visión más simple y entrañable de la música. Se rescata la tradición de los ángeles músicos con exponentes como Carmen Parra o Chucho Reyes Ferreira. Otros fortalecen la visión de la música como una búsqueda de nuevos contenidos simbólicos como el caso de Hermosillo Rembaud.

Sin embargo la obra de Rafael Coronel, Hombre oyendo a la radio simbolizará este cambio de perspectiva. La pintura deja ser un testimonio musical, ya que los avances tecnológicos llevaran la delantera. La industria del cine, el video, las tecnologías de audio digitales permiten a la música acceder a nuevos registros más exactos, pero tal vez no tan bellos como los acordes y las pinceladas que acompañaron a la pintura mexicana del siglo XX.