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ENTRE
ACORDES Y PINCELADAS: LA MÚSICA MEXICANA EN IMÁGENES PICTÓRICAS.
El
Museo de Historia Mexicana invita a recorrer “Entre
Acordes y Pinceladas: La música mexicana en imágenes pictóricas”,
a través de la cual connotados pintores mexicanos muestran el papel
fundamental de la música en la vida de los mexicanos durante el siglo XX,
la muestra abrirá sus puertas el 19
de febrero.
La
exposición cuenta con 120 piezas en diversas técnicas: dibujos,
acuarelas, óleos, esculturas, grabados e instrumentos musicales,
entrelazados a través de 10 núcleos temáticos, en donde participan
artistas como: Diego Rivera, Raúl Anguiano, Fermín Revueltas, José Chávez
Morado, Antonio Ruiz (El Corcito), Francisco Gotilla, Federico Cantú,
Miguel Covarrubias, Alfonso X. Peña, Ángel Zárraga, Jorge González
Camarena; Blumaro Guzmán, Rubén Herrera, Gabriel Fernández Ledesma y
Roberto Montenegro, entre otros.
La
propuesta pretende sensibilizar y adentrar al lenguaje universal de la música
a través de imágenes que muestran el pasado inmediato, inmerso en la
cotidianidad, en el tradicionalismo, en la búsqueda de identidad, en lo
recreativo, en lo que significa y representa la música de México durante
el siglo XX.
El
Museo de Historia Mexicana abre de martes a
viernes de la 10:00 horas a las 19:00 horas, los sábados y
domingos de las 10:00 horas a las 20:00 horas. El martes
y domingo la entrada es gratuita Para más información puede
llamar al 2033 9898 o visitar la página
www.3museos.com
TEMA
1
La
sociedad mexicana del siglo XIX sufre una total transformación. Las
luchas libertarias, la radicalización en posturas encontradas entre
conservadores y liberales, las invasiones norteamericana y francesa, la
defensa de la República y la conformación del Estado Mexicano y la
promulgación de las Leyes de Reforma son algunos de los acontecimientos
que tiñeron a la sociedad mexicana.
En
este contexto, sin embargo, la
música se desarrollaba como parte fundamental de la vida en comunidad.
Proliferaban las danzas
populares y el sincretismo con las influencias europeas dan origen a
importantes cambios en la música y en el papel social que juega. El
Teatro del Coliseo es destruido en un incendio, cosa común en esa época,
por lo que surgen nuevos teatros como el Nacional o el de Santa Anna que
recibían a diversas compañías musicales de Europa principalmente.
En
este constante ir y venir, las danzas populares adquirieron fuerza.
Los bailes como el Jarabe o el Huapango eran símbolos de la libertad, ya que durante la colonia sólo se permitía la
representación o uso de bailes populares españoles como la jota, polkas
o la sardana. Es por esto que el Jarabe del altiplano se convierte en el símbolo
del baile nacional.
Es
este momento será a través de los pintores extranjeros, que se conocerá
estas tradiciones. Estos pintores y literatos que visitaban por largas
temporadas nuestro país, recorriéndolo algunas veces con un objetivo
casi enciclopédico, aportaron testimonios definitivos del México decimonónico.
Casimiro Castro con su carpeta de litografías mostró las escenas
populares del baile y la música. La caricatura política y algunas
colecciones litográficas mostraron la fortaleza de la música en la
comunidad popular mexicana a través de partituras o incipientes imágenes
fotográficas.
En
contraparte, la formalización escolar del arte a través de la Academia
de San Carlos y los esquemas de los maestros europeos imponían cánones
que no siempre reflejaban la realidad social. Es por esto que él artista
viajero imprimió un sabor mucho más anecdótico a la representación de
la música en México.
TEMA
2
A
partir de la Revolución Mexicana la plástica y la música se
transforman. En la pintura se abandonan los cánones extranjeros impuestos
por la academia para una búsqueda más libre.
En la música, los valses y la música afrancesada, las zarzuelas y
las operetas dan paso al surgimiento profundo en dos grandes
vertientes: la música nacionalista con exponentes como Manuel M. Ponce,
José Pablo Moncayo, Carlos Blas Galindo, Silvestre Revueltas, Julián
Carrillo, y la segunda gran vertiente, emanada del pueblo y con un alto
contenido revolucionario como el corrido.
Parecería
una contraposición, sin embargo ambas posturas responden igualmente a las
preocupaciones que se ven reflejadas en la pintura mexicana: la búsqueda
por la identidad nacional.
Las
artes se volvieron medios fundamentales para la consolidación de la nación.
La “mexicanidad” preocupaba por igual a pintores, compositores o
literatos y les permitió tener una mirada abierta a los sonidos de la
naturaleza, al encuentro del paisaje, al rescate de las expresiones
populares y de las más diversas comunidades.
El
mundo artístico se sorprendía ante la belleza de Tehuantepec, ante la
riqueza musical de sus danzas o ante la fuerza expresiva de la cerámica.
Este mundo ritual que, sin ser observado hasta entonces, iba conformando a
la nación. Se sentían que México era nuevamente descubierto en todas
sus riquezas y a partir de ahí
podría renacer como una nación sólida.
Es
en este periodo que la música, el baile, los instrumentos y el universo
musical, se convierten en un tema recurrente por los artistas plásticos.
Este es caso de Roberto Montenegro con su visión de la bohemia o Diego
Rivera en los bailes de Tehuantepeco o José Clemente Orozco al plasmar
los sórdidos bailes de salón.
La pintura igualmente continúa siendo un registro del desarrollo
musical.
El
surgimiento de la Orquesta Sinfónica Nacional con Carlos Chávez, con la
ilustración de los músicos formales como los chelistas, o el arpa se
vuelven elementos simbólicos en artistas como Francisco Gutiérrez o
aquellos que recogen las tradicionales visiones angelicales como Federico
Cantú. Este binomio se ve reflejado en elementos tan sencillos como las
partituras musicales que a la vez se convirtieron en registros pictóricos
de gran belleza.
Paralelamente
a este recuento, obras como Señoritas
al piano de Agustín
Lazo o El flautista de Fernández
Ledezma nos muestran la cotidianidad de la música dentro de las más
diversas expresiones sociales.
TEMA
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Una
de las partes fundamentales de la música es la relación directa del
hombre con el instrumento musical. En él, los elementos físicos como
forma, textura hablan de una relación armoniosa. Las guitarras, las arpas
los salterios o los violines muestran no sólo objetos de gran belleza
sino universos personales de los músicos. Los instrumentos se convierten
en objetos sagrados. Es una relación íntima donde la mano al roce de las
cuerdas o la boca en las boquillas se vuelven la extensión de los
sentimientos, también reflejan la paciencia y el conocimiento ancestral
de sus creadores, la dulzura de las maderas, la fortaleza del cuero, la
fineza de las cuerdas son elementos que testimonian el amor de las manos
artesanales que la realizaron.
Esta
relación mística está presente en la historia de la Patrona de los Músicos,
Santa Cecilia, quien durante más de mil años ha sido una de las mártires
más veneradas por los cristianos.
Las
actas de la santa afirman que
pertenecía a una familia patricia de Roma, educada en el cristianismo,
quien solía llevar un
vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba
varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Pero su
padre, la casó con un joven patricio llamado Valeriano. El día de la
celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados
se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios, desde su
corazón le pedía que la ayudase.
Cuando
los esposos se retiraron a su habitación, Cecilia le dijo dulcemente a su
esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel
del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel
se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me
respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó:
“Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me
pides”. Cecilia
le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del
bautismo verás al ángel”. Una vez bautizado,
Valeriano fue a donde estaba Cecilia y un ángel colocó sobre la
cabeza de ambos una guirnalda de rosas y lirios.
Al
final de la Edad Media, empezó a representarse a la santa tocando el órgano
y cantando. Los músicos la celebran todos los 22 de noviembre.
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La
representación del ballet clásico es casi inexistente en la pintura
mexicana. Pocas obras muestran esta expresión,
es por esto que las piezas de Ocaranza o el conjunto de bailarinas de
Orozco son tan importantes como registros pictóricos- musicales. Es hasta
los años cuarenta y con la labor artistas como Miguel Covarrubias que la
danza clásica en nuestro país adquirirá una gran proyección.
Músicos
nacionalistas como Revueltas y pintores como Diego Rivera o Carlos Mérida
impulsarán activamente el proyecto de la Danza Nacional.
Sin
embargo la estilización del baile está presente también en las
ilustraciones de revistas. Artistas como Ernesto “El Chango” García Cabral en Revista
de Revistas o Miguel Covarrubias para las portadas del Vogue
plasman las tendencias de los grandes afiches del Art
Decó. Las formas geométricas se conjugan al ritmo del Charleston,
del Blues o de la música de cabaret. Esta tendencia tiene una gran
tradición desde fines del siglo XIX con los afiches Art
Noveau que revolucionaron la ilustración en el mundo. Con el
advenimiento del modernismo y del Art
Decó, las líneas se fueron simplificando: los motivos orgánicos
fueron olvidados por formas geométricas de gran sensualidad y ritmo hasta
convertirse en elementos distintivos de la publicidad de los años veinte
y treinta a nivel mundial.
TEMA
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En
contraposición al ballet clásico, el baile popular fue exaltado por los
artistas mexicanos. Pintores como Ezequiel Negrete y Oswaldo Barra recogen
una tradición que desde el siglo XIX se profesaba. Esta representación
de lo popular no sólo responde únicamente a festividades de comunidad
sino también a expresiones espontáneas. El baile de barrio incidental,
festejos cotidianos y donde el lugar no era importante sino simplemente el
pretexto de la celebración o
fiesta.
Esta
tradición de los bailes populares, de las escenas costumbristas adquiere
otra dimensión con las Escuelas al Aire Libre.
Para muchos artistas era como el encuentro con la vida misma y se
convierte en cierto sentido en un registro sociológico de las clases
sociales mexicanas. Pedro Rendón recogerá más el ambiente de la música
de arrabal, del desencuentro de las clases sociales o de la excitación
festiva de las pulquerías.
En
estas pinturas es donde podemos reconocer el valor social de la música.
La pintura misma se vuelve una narración completa de ambientes,
vestimentas, tiempos y grupos sociales que se entremezclan en complejas
relaciones.
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La
exaltación del charro mexicano responde también al surgimiento del cine nacional.
El arquetipo del charro músico refleja
la tradición del mariachi y de los grupos musicales de cuerdas.
Estas imágenes ven la conformación del arquetipo del charro: el sombrero
de ala ancha, el sarape de Saltillo, la vestimenta tradicional con la
botonadura de plata que nos habla del mundo rural mexicano.
La
música ranchera era el elemento de cohesión social de estos grupos. Las
obras reflejan también la sencillez de la vestimenta de manta, los
burdos instrumentos que refieren a escenas casi bucólicas con gran
sensibilidad. Estas
expresiones que surgen a partir de los cuarenta tienen su contraparte en
la pantalla grande y muestran el conflicto o los elementos de tensión
ante el enfrentamiento de la
vida rural contra la “esperanza” urbana y por ende la defensa de los
valores del campo como símbolo de la identidad.
En
este sentido, la pintura adquiere un sentido melancólico de la música
vernácula. En ella se recoge las más diversas tradiciones, los fandangos
conviven con la jarana, o los huapangos con los corridos y los sones con
los mariachis. Esta mezcla de expresiones musicales conforma testimonios
iconográficos de una etapa de reorganización social del campo mexicano.
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La
vida urbana también traerá sus manifestaciones musicales. En ella los
avances tecnológicos, la expansión de la radio generará grandes aportes
musicales a México. La Música Romántica será el género dominante en
las grandes ciudades. Las historias de abandono, amores imposibles o de
mujeres perfectas, se convierten en idealizaciones casi míticas.
Así,
la vida nocturna de la ciudad tiene como máximo exponente a Agustín
Lara, él simbolizará sin duda una generación musical. El surgimiento de
los boleros, de la música del corazón, encontrará en él la más pura
de sus expresiones. Poseedor de una gran educación musical representará
el símbolo del seductor inagotable. Su figura emblemática
reflejará el fenómeno de los salones de baile, de los cabarets
musicales, del Salón México y sus rumberas.
De
Agustín Lara existen infinidad de historias incluyendo la de su lugar de
nacimiento. Lo cierto es que es oriundo de Tlacotalpan, Veracruz. Su
pulcritud al vestir, su cigarro característico, sus bolsos vacíos para
no deformar su delgada figura, su eterno amor por las mujeres, sus
espectaculares romances y su prolífica carrera como compositor son
algunos elementos que cubren al mito de Agustín Lara y para muchos serán
sus finas y delgadas manos tocando sobre el blanco teclado del piano el
elemento más representativo de este símbolo musical.
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El
registro pictórico de las danzas tradicionales es inagotable. Sin embargo
sobresalen Carlos Mérida, José Chávez Morado, Miguel Covarrubias y Fermín
Revueltas como los máximos promotores del rescate de las danzas
tradicionales mexicanas. Sus obras son exploraciones
pormenorizadas de los usos y costumbres dentro de las danzas
tradicionales. Danzas como la de Yautepec, las de los Viejitos, las del Venado, o la de
los Chinelos son conocidas en parte por estas imágenes pictóricas.
Miguel
Covarrubias y Carlos Mérida compartían una búsqueda antropológica del
baile. Veían en las formas en movimiento siglos de tradición que debían
conservarse. No era únicamente labor de la tradición oral sino del
artista entender los valores simbólicos de estas danzas. Al mismo tiempo,
fijaron los lineamientos de vestimenta y la memoria gráfica de los
bailes, los ritmos y las armonías que estas danzas tienen.
Para
Revueltas y Chávez Morado la representación de estas danzas tenían más
una carga simbólica de tipo social. La comunidad como eje de expresión,
en parte como reflejo de sus posturas políticas, y veían en las danzas
tradicionales, las expresiones más puras del pueblo mexicano.
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Octavio
Paz afirmaba que “la muerte es un vano reflejo que articula las
gesticulaciones de la vida”. En este sentido la muerte y la música para
la tradición popular mexicana simboliza un binomio indisoluble. El carácter
festivo de la muerte, su vinculación con la risa, la música y el baile
serán recogidas por las tradiciones pictóricas mexicanas más
arraigadas.
Es
sin duda, José Guadalupe Posada el máximo representante de esta muerte
catrina y bailadora que circunda el mundo de los vivos. Sin embargo también
es importante recalcar la fortaleza pictórica de obras como las de Lola
Cueto que también en su afán por documentar y rescatar el arte popular,
reflejó la vida de la muerte mexicana.
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A
partir de los años sesenta, las preocupaciones plásticas se alejan de
los valores nacionalistas. La visión del artista adquiere un sentido más
universal y la música deja de ser representada por sus valores sociales y
antropológicos. También en la creación musical se abandona los
ideales nacionalistas.
Sin
embargo la pintura adquiere una visión más simple y entrañable de la música.
Se rescata la tradición de los ángeles músicos con exponentes como
Carmen Parra o Chucho Reyes Ferreira. Otros fortalecen la visión de la música
como una búsqueda de nuevos
contenidos simbólicos como el caso de Hermosillo Rembaud.
Sin
embargo la obra de Rafael Coronel, Hombre
oyendo a la radio simbolizará
este cambio de perspectiva. La pintura deja ser un testimonio musical, ya
que los avances tecnológicos llevaran la delantera. La industria del
cine, el video, las tecnologías de audio digitales permiten a la música
acceder a nuevos registros más exactos, pero tal vez no tan bellos como los
acordes y las pinceladas
que acompañaron a la pintura mexicana del siglo XX.
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