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MONJAS
CORONADAS. VIDA CONVENTUAL FEMENINA EN HISPANOAMÉRICA
El Museo de Historia Mexicana
en colaboración con el Museo Nacional
del Virreinato presenta la exposición temporal “Monjas
Coronadas. Vida conventual femenina en Hispanoamérica”, que se inauguró el miércoles 14 de abril a las 20:00 horas.
Esta muestra incluye alrededor de 150 obras procedentes
de España, Colombia y México, y tiene la función de revelar al
visitante la importancia que las monjas revistieron al interior
de las sociedades virreinales, así como uno de los elementos clave
en su vida religiosa: las ceremonias
de coronación.
La curaduría en la que se basa el guión museográfico, la
realizó como parte de su tesis
doctoral la investigadora Alma Montero, quien recibió mención
honorífica y el premio nacional Miguel Covarrubias a la mejor tesis de
doctorado en el área de museos.
El Museo
Nacional del Virreinato cuenta con la colección más importante de monjas
coronadas de América Latina.
Estas obras presentan interés no sólo estético, sino iconográfico e
histórico, pues a partir de su análisis se motivan reflexiones en torno
a la vida en los claustros femeninos y a las repercusiones sociales que
estas fundaciones tuvieron en los virreinatos americanos.
Monjas Coronadas. Vida
conventual femenina en Hispanoamérica es una exposición que cuenta con el sustento de una
rigurosa investigación histórica y artística, resultado de un trabajo
de seis años y de una reflexión por parte del equipo que conforma el
Museo Nacional del Virreinato.
También contará con videos interactivos y
ambientaciones tales como una cocina conventual, la ceremonia
funeraria y el hallazgo arqueológico, para
contextualizar la vida monástica.
La exposición permite el conocimiento del mundo
conventual femenino durante el periodo virreinal por medio del análisis
de retratos de monjas coronadas y el abordaje de aspectos característicos
de los retratos producidos en los centros políticos de mayor
relevancia, como lo fueron el virreinato de la Nueva España, Perú y
Nueva Galicia, rastreando
sus antecedentes en España.
Además de los retratos de monjas coronadas, se exponen
diversos objetos vinculados a la vida conventual femenina, tales como
relicarios, dalmáticas, escudos, fragmentos de retablos, cerámica,
cilicios, campanas, vestidos para las imágenes de bulto del Niño Dios,
costureros, libros y otras piezas encontradas en excavaciones arqueológicas
que se realizaron en el exconvento de la Encarnación,
en México.
Esta exposición es un gran proyecto académico e
interdisciplinario del Museo Nacional del Virreinato: el Seminario de
Estudios de los Virreinatos de América Latina (SEVAL). Que busca el
contacto con estudiosos e instituciones de otros países para lograr una
aproximación al tema desde la diversidad de perspectivas que implica su
conocimiento.
“Monjas Coronadas... vida conventual femenina en
Hispanoamérica” tendrá módulos donde se podrá
escuchar la música
que se empleaba en las ceremonias de coronación y que era entonada por
las religiosas con el fin de dar la bienvenida a una nueva profesa, de
celebrar el nombramiento de una abadesa o para despedir, en el lecho de
muerte, a una de sus hermanas. El maestro Luis Lledías hizo posible esta
relación musical después de más de cinco años de trabajo en archivos y
bibliotecas conventuales.
La mayoría de los retratos que integran
esta colección, son de primer orden por su calidad pictórica y su
relevancia histórica. Pertenecen a las principales órdenes femeninas que
existieron en la Nueva España como son concepcionistas, franciscanas (en
su rama capuchinas y clarisas urbanistas), jerónimas, agustinas,
dominicas y carmelitas.
Los
conventos femeninos en Hispanoamérica
Fundados con la
activa participación de la población civil, los conventos virreinales
formaron parte importante del contexto de su tiempo. Reprodujeron en su
interior la compleja jerarquía social y lograron integrar diversos
elementos provenientes de una comunidad rica en matices étnicos y
culturales.
Los conventos nacieron y se desarrollaron en el
marco de un pensamiento que explica la existencia humana mediante la
teología y la moral. De esta forma, la motivación principal de
semejantes fundaciones fue el sentimiento religioso tan profundamente
arraigado en la sociedad virreinal, donde el interés por la salvación
individual y colectiva era un asunto preponderante. Sin embargo, también
es cierto que los conventos surgieron con el fin de resolver una problemática
social relacionada con el resguardo y aseguramiento económico de
numerosas mujeres.
Si una mujer deseaba ser monja, primero debía cursar el
noviciado, que tenía una duración de uno a dos años y significaba una
prueba para quien aspirara a ingresar de manera definitiva al claustro. En
este periodo, la joven vivía los votos de pobreza, castidad y obediencia.
Si la joven aprobaba el noviciado y contaba con los
votos positivos de la prelada del convento, de la maestra de novicias y
del resto de la comunidad, podía profesar, realizando una ceremonia que
revestía una gran solemnidad. En ésta, la joven cambiaba el velo blanco
de novicia por el negro de profesa y la priora le entregaba las
constituciones de la orden y el Libro
de profesiones, del que leía en voz alta la fórmula de profesión.
Muchas mujeres profesaron convencidas de su vocación y
vivieron con devoción su clausura. Para ellas, los conventos fueron un
refugio espiritual y un espacio de recogimiento que propiciaba las prácticas
de la meditación, la oración y el sacrificio; algunas ingresaron a los
claustros desde pequeñas para educarse y, como no conocían otra forma de
vida, fácilmente se inclinaban por la vía religiosa, y otras buscaron la
tranquilidad de los claustros como un espacio propicio para desarrollar
distintas actividades como son la lectura, el canto, la escritura, el
manejo de instrumentos musicales y el estudio de otras disciplinas.
Asimismo, los conventos eran refugio habitual para las
viudas, muchas de las cuales otorgaron sus herencias y recursos materiales
para la dotación y erección de claustros, a los que ingresaban como
fundadoras.
La profesión era una ceremonia de gran
solemnidad, en donde las novicias tomaban los votos de manera definitiva,
llamados por eso, votos perpetuos. Las ceremonias de profesión eran
espectaculares, pues simbolizaban su boda mística con Jesús.
El derroche de recursos exaltaba las emociones y los sentidos
de los asistentes a través de los retablos dorados cargados de flores e
imágenes, vestimentas litúrgicas y objetos en plata hábilmente
repujados y cincelados; había música instrumental que acompañaba al
coro de religiosas, olor a incienso y, por supuesto, de manera relevante,
la imagen de una joven engalanada con corona y palma de flores.
La lectura de la fórmula de profesión era uno de los
aspectos más relevantes de la ceremonia. Las jóvenes ponían sus manos
sobre el Libro de las Constituciones
y hacían, de manera formal, los votos solemnes. Esta fórmula es
semejante en todas las órdenes religiosas femeninas, el siguiente ejemplo
corresponde a una religiosa que profesó en la orden dominica:
Yo Sor (nombre de la
religiosa) hago Profesión, y prometo obediencia á Dios, á Santa María,
á nuestro Padre Santo Domingo, y al Ilustrísimo y Reverendísimo Señor
Don (Nombre del sacerdote) Obispo de este Obispado de la Puebla de los Ángeles,
y á sus Sucesores, y en su nombre al señor (nombre del sacerdote
oficiante), en cuyas manos hago esta Profesión: y prometo vivir toda mi
vida en OBEDIENCIA, CASTIDAD, POBREZA, SIN COSA PROPIA, EN PERPETUO
ENCERRAMIENTO, y según la Regla de nuestro Padre San Agustín y
Constituciones del Sagrado Orden de Predicadores de nuestro Padre Santo
Domingo, dispuestas y aprobadas por el Ordinario: y á mi Prelada que es,
y a sus Sucesoras, prometo ser obediente hasta la muerte.
Un antecedente
iconográfico de los retratos de monjas coronadas profesas realizados en
el virreinato de la Nueva España es la imagen de Santa Rosa de Lima,
primera santa americana, ampliamente difundida en los virreinatos
americanos como una bandera del criollismo y símbolo de identidad de los
nacidos en América.
La imagen de Santa
Rosa constituyó un importante modelo para los claustros femeninos de América,
tanto por su vida virtuosa como por la imitación de sus rasgos iconográficos.
En especial los retratos de
monjas coronadas profesas de
la orden dominica de la que Santa Rosa fue terciaria.
Los retratos de monjas coronadas mantienen una unidad
iconográfica, en la que destaca la presencia de ciertos elementos: coronas
y las palmas floridas y, en menor medida, velas encendidas y
esculturas del Niño Dios.
La enorme relevancia de las ceremonias de coronación
en los conventos femeninos virreinales se encuentra del todo vigente en
las prácticas desarrolladas en los claustros contemporáneos.
En esta sección se mostrarán los más antiguos testimonios pictóricos
y documentales en torno a las monjas coronadas, hasta llegar a los videos
y fotografías que muestran las características puntuales
de éstas en el siglo XIX y en la actualidad.
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